Utzia y la luna: una historia de amor
Utzia y la luna.
Utzia era una diosa griega desterrada al inframundo.
Solo los rayos de la luna la acompañaban. Utzia se deleitaba con cada aparición del satélite.
Hubo un día que ya no la veía igual. Algo sucedía con su luz.
— Luna, ¿qué te está pasando? — preguntó en voz alta, mientras la luna permanecía en silencio.
Solo los rayos de la luna la acompañaban. Utzia se deleitaba con cada aparición del satélite.
Hubo un día que ya no la veía igual. Algo sucedía con su luz.
— Luna, ¿qué te está pasando? — preguntó en voz alta, mientras la luna permanecía en silencio.
— ¿Acaso Artemisa, Selena, están dormidas? — dijo en aquel lugar donde nadie emitía ningún sonido. El miedo los paralizaba. Ella era el miedo.
Hizo un pacto con el guardián del submundo.
Y partió hacia la tierra.
Se convirtió en humana y adoptó el nombre de Gardenia. Era una más. Pudo haber usado su poder, pero eligió mezclarse con ellos. Nadie le temía.
Aprendió sobre el culto a la luna y con sus poderes de convencimiento formó un grupo que adoraba su luz.
Estaba decidida a cuidar la luna.
Una vez por semana el grupo se reunía y encendía inciensos de aromas florales, dulces, intensos. Ese día sería el último domingo.
— La luna huele a cenizas — gritó Gardenia al grupo— Ella está débil. Su luz ya no es la misma.
Mientras tanto algo sucedía cerca de allí.
— Escuchaste bien. Sí, su nombre es Gardenia. Del culto a la luna — dijo Amado con voz agitada.
Había corrido para esconderse y subido a la tapia, podía observar al grupo de personas que se encontraban paradas en ronda.
— Los humanos son unos ingratos. Están contaminando a Luna, mi hermana, nuestra hermana. ¿Acaso es su basurero? — dijo Gardenia parada en un altar.
— Todos visten con ropa blanca. ¡Sus cabellos también! ¡Son ellos! —
Amado dictaba a otra persona desde su teléfono todo lo que observaba.
— Hoy la luna desaparecerá. Ella vendrá conmigo. Aquí ya no está a salvo. — sentenció Gardenia.
El grupo no dijo nada.
— Ella es impresionantemente blanca. Huele flores. Me voy a acercar. No creo que me escuchen, están todos gritando— continuó Amado.
Bajó de la tapia y realizó unas piruetas para esconderse entre unos arbustos.
Seguía registrando todo.
Estaba seguro que Gardenia y el grupo, tramaban algo espantoso.
Le parecían unos desquiciados, perdidos. Desde teñirse todos de blanco hasta bañarse en el río las noches de luna llena, entre otras tantas cosas.
— Todos los dioses, desde Urano hasta Gaia, están de acuerdo con lo que acabo de hacer — dijo Gardenia a su público.
— Sí. Luna jamás volverá a ser ensuciada— gritaban y bailaban alrededor.
De repente la oscuridad.
Así pasaron mil noches sin luna. Y en la Tierra todo era caos.
Días por noches y noches por días, animales desorientados, mareas detenidas.
Amado fue testigo de su extinción. Y se dio cuenta de que, entre tanta locura, había algo de razón. Los humanos no merecíamos la luna.
Los astrónomos aseguran que está en otra galaxia. Aún siguen buscando.
Utzia, desde el inframundo, la ve brillar.
Más resplandeciente que nunca.
Ella se alegra.
Hizo un pacto con el guardián del submundo.
Y partió hacia la tierra.
Se convirtió en humana y adoptó el nombre de Gardenia. Era una más. Pudo haber usado su poder, pero eligió mezclarse con ellos. Nadie le temía.
Aprendió sobre el culto a la luna y con sus poderes de convencimiento formó un grupo que adoraba su luz.
Estaba decidida a cuidar la luna.
Una vez por semana el grupo se reunía y encendía inciensos de aromas florales, dulces, intensos. Ese día sería el último domingo.
— La luna huele a cenizas — gritó Gardenia al grupo— Ella está débil. Su luz ya no es la misma.
Mientras tanto algo sucedía cerca de allí.
— Escuchaste bien. Sí, su nombre es Gardenia. Del culto a la luna — dijo Amado con voz agitada.
Había corrido para esconderse y subido a la tapia, podía observar al grupo de personas que se encontraban paradas en ronda.
— Los humanos son unos ingratos. Están contaminando a Luna, mi hermana, nuestra hermana. ¿Acaso es su basurero? — dijo Gardenia parada en un altar.
— Todos visten con ropa blanca. ¡Sus cabellos también! ¡Son ellos! —
Amado dictaba a otra persona desde su teléfono todo lo que observaba.
— Hoy la luna desaparecerá. Ella vendrá conmigo. Aquí ya no está a salvo. — sentenció Gardenia.
El grupo no dijo nada.
— Ella es impresionantemente blanca. Huele flores. Me voy a acercar. No creo que me escuchen, están todos gritando— continuó Amado.
Bajó de la tapia y realizó unas piruetas para esconderse entre unos arbustos.
Seguía registrando todo.
Estaba seguro que Gardenia y el grupo, tramaban algo espantoso.
Le parecían unos desquiciados, perdidos. Desde teñirse todos de blanco hasta bañarse en el río las noches de luna llena, entre otras tantas cosas.
— Todos los dioses, desde Urano hasta Gaia, están de acuerdo con lo que acabo de hacer — dijo Gardenia a su público.
— Sí. Luna jamás volverá a ser ensuciada— gritaban y bailaban alrededor.
De repente la oscuridad.
Así pasaron mil noches sin luna. Y en la Tierra todo era caos.
Días por noches y noches por días, animales desorientados, mareas detenidas.
Amado fue testigo de su extinción. Y se dio cuenta de que, entre tanta locura, había algo de razón. Los humanos no merecíamos la luna.
Los astrónomos aseguran que está en otra galaxia. Aún siguen buscando.
Utzia, desde el inframundo, la ve brillar.
Más resplandeciente que nunca.
Ella se alegra.
Autora: Claudia Arrascaeta
@claudia.letrasqueviajan

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